Roberto Goyeneche: el tanguero más punk de la Argentina

Tango

Emblema de la resistencia del tango canción, el “Polaco” reinstauró el repertorio olvidado de la época de oro.

Por Gustavo Varela – Ensayista y escritor

Hubo una manada olímpica en Buenos Aires. Una manada de noche, revoltosa, danzante, de risa inmediata y sabiduría oblicua. Y de tiempo inexacto: casi dos décadas, desde los años 30 hasta mediados de los 50, entre la muerte de Gardel y el exilio de Perón. Una manada hecha de tango y también de teatro y de radio y de cine nacional. En el mismo tiempo y sobre el mismo suelo, transitaban Mercedes Simone, el Gordo Troilo, Mario Soffici, Fiorentino, Pepe Arias, Tita, Manuel Romero, Niní Marshall, Pugliese, Gobbi, Hugo del Carril, Piazzolla. Los dos Discépolo y los dos Homero.

“El Polaco” Goyeneche llegó casi sobre el final de la fiesta, en 1952. Horacio Salgán, una tarde en radio El Mundo, le toma una prueba y lo incorpora a su orquesta. Goyeneche, con el traje negro recién comprado, salió al ruedo en los bailables, esa misma noche, con el tango “Alma de loca”. De la mano de Salgán había llegado, aunque fuera por un rato, a la época de oro del tango, ser parte de esa manada olímpica que comenzaba a irse. Manzi ya no estaba, tampoco Discépolo. Muere Eva Perón y el peronismo se queda huérfano de madre. Hay intentos de golpes de Estado contra Perón, hay atentados, hay muertos. En septiembre de 1955, Perón es derrocado con un golpe de Estado; en octubre, Astor Piazzolla presenta su Octeto Buenos Aires y redacta un manifiesto en el que dice ni cantar ni bailar, solo escuchar. ¿Un manifiesto?

El tango se extravía y se vuelve otro, porque el suelo en el que habita también es otro.

En medio de esta discontinuidad, en la grieta entre el tango canción y la vanguardia; mientras llegan Bill Halley y sus cometas y el rock se impone en Buenos Aires y se imponen también la minifalda en las mujeres y el pelo largo en los varones; en medio de los happenings, del cine de autor, del psicoanálisis o del Di Tella.

Mientras todo eso pasaba, Roberto Goyeneche portaba la cruz de seguir con el tango canción en medio de su agonía. La cara de la resistencia era la del Gordo Troilo y la voz de esa resistencia la del Polaco. Entre 1956 y 1963 estuvieron juntos. Goyeneche se hizo Goyeneche ahí, en la orquesta de Pichuco. Eran dos en la misma vereda y con la misma delicadeza para el tango. Los dos del whisky y los dos de la noche larga y sin permisos.

Después de la separación y después del desconcierto, Goyeneche siguió con su repertorio derivado de los años de oro: grababa lo que ya había sido un éxito en los años ‘40 y él volvía a reinventarlos con su voz. También la Tana Rinaldi o Rubén Juárez mantenían la insistencia de seguir cantando. La dictadura militar obligaba al silencio, el estado de sitio prohibía las milongas. El tango parecía conservado en formol y expuesto en la vidriera de un anticuario.

Salvo excepciones, las empresas discográficas evitaban grabar discos de tango. Sin embargo, Goyeneche seguía grabando de todas las formas posibles: con tríos, con orquestas, en vivo, en programas de radio; con Armando Pontier, con Troilo, con Piazzolla, con Garello, con el Sexteto Tango, con Baffa-Berligieri, con Atilio Stampone.

Los discos de Troilo eran el testimonio de una época que el Polaco comandaba sin quererlo. Casi dos docenas de discos que fueron el enlace para un nuevo despertar: el 13 de noviembre de 1983, en París, en el teatro Chatelet, se presenta el espectáculo Tango Argentino. El tango volvió a reverdecer, no solo en Europa sino, y principalmente, en nuestro país.

Goyeneche era el enlace entre lo que había sido y lo que iba a ser. Un salto inesperado, de los cuarenta a la globalización y del cabaret a las cuarenta mil personas en la 9 de julio, en noviembre de 1991. Ese día el Polaco, vestido todo de blanco, cerraba un recital con músicos de rock interpretando tangos, donde habían tocado Baglietto, Patricia Sosa, Lerner, Celeste Carballo, Horacio Fontova, entre otros.

La voz del Polaco era querida por los jóvenes que merodeaban los nuevos espacios para el tango canción: en la esquina de Arturito, en la calle Esteban de Luca, con Luis Cardei como el dueño de la noche y del canto; en el bar del Chino, de la calle Bezley, en Pompeya; en lo de Roberto, en el corazón del barrio de Almagro, con la voz de Osvaldo Peredo , tan cercano al estilo del Polaco. (El cineasta Marcelo Goyeneche, nieto del primo hermano del cantor, se encuentra realizando un documental sobre la vida del tanguero, con archivos de audio y video originales).

Dijo alguna vez que el sol es demasiado sol y la noche impredecible. Porque en la noche estaba el tango y todo lo otro del tango. ¿Y el día? El día es para los pájaros. Goyeneche sacaba las jaulas con sus jilgueros, las colgaba en la vereda y se ponía a fumar sus cigarrillos negros.

Se murió en agosto de 1994, a las 14:30 de un sábado. Se murió de día.

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