Pablo Trapero: “Hay una fantasía con los festivales”

Cine

Cerca de estrenar 7 días en La Habana, donde dirigió al cineasta Emir Kusturica. Su relación con Cuba y el proyecto en India.

Por Por Tomás Eliaschev para Revista Veintitrés

Desde que emergió en el panorama cinematográfico, Pablo Trapero viajó

con sus películas, en las que da cuenta de situaciones habitualmente invisibilizadas. Uno de sus destinos predilectos fue la capital cubana, que lo adoptó como uno de los suyos. Por eso le resultó natural aceptar ser uno de los elegidos para filmar uno de los siete cortos que forma parte 7 días en La Habana. Junto con el debut del boricua Benicio del Toro en la dirección, se destaca Jam Session, el capítulo que corresponde al día martes y que estuvo a cargo del cineasta oriundo de La Matanza, que se dio el lujo de convocar al multifacético cineasta y músico serbio Emir Kusturica, y a Alexander Abreu, un impresionante trompetista que triunfa en Cuba y el mundo.

Trapero casi no tiene tiempo: es que aparte de viajar para presentar su flamante corto, también se mueve para mostrar Elefante Blanco, la película situada en Ciudad Oculta, que muestras a través de los curas villeros una realidad barrial donde no falta el paco, la violencia policial y las tomas de tierras. Antes de partir rumbo a Chile y Venezuela, dialogó con Veintitrés sobre cómo sus películas interactúan con la realidad social, además de revelar detalles sobre las aventuras que lo esperan.

Cuando todavía está impregnado por el espíritu de la isla caribeña, ya está preparando las valijas. El año que viene partirá rumbo a India, camino a un proyecto internacional. Pero ahora habla del impacto de juntar a dos personalidades del arte. Y presenta su obra, con próximo estreno: “Cuenta la historia de un director, que llega para ser homenajeado en un festival. Habla de las diferencias entre la vida privada y pública. Y de cómo es la vida en Cuba, donde los límites entre tu casa y la del otro son difusos. Este tipo llega en una situación íntima personal muy complicada. Al mismo tiempo, su situación de vida, de trabajo, lo obliga a estar en otro mundo. Con su chofer pasa lo mismo. Lo ves en su vida pública en una situación que no tiene nada que ver con su vida íntima, que es la música”, explica Trapero sobre el corto, donde Kusturica se representa a sí mismo en una versión exageradamente etílica, mientras que Abreu hace de taxista que mantiene su amor a la trompeta para su fuero íntimo.

–¿Cómo fue la experiencia a nivel musical?

–Fue un casting largo para elegir al músico. El plano donde se descubre lo bueno que es, es una toma directa. Tenía que ser un muy buen músico, suficientemente bueno para que en todas las tomas suene como suena. Y a la vez, buen actor. Fue una aventura personal muy interesante ver a un montón de músicos uno atrás de otro, en una sesión de músicos de jazz privada para nosotros. La Habana es conocida por la calidad de sus músicos. Lo que muestra el corto es lo que pasó cuando se puso a tocar.

–¿En qué te sentís representado por el personaje de Kusturica?

–Ni él actúa de cómo es en la vida real, ni yo me siento como él. Pero si hay algo que hablaba con Emir es justamente la cantidad de momentos que te toca estar en una situación de cierta exposición y en ese momento no estás para eso. Eso sí lo viví. En el corto se ve el lado B. Siempre se habla de los festivales, hay una fantasía. Era una oportunidad de ver cómo se desarma. Fue una gran excusa para contar el encuentro entre dos personas con personalidades tan fuertes, en una ciudad que atraviesa desde el primer plano en el que se lo ve a Emir y que tiene mucha fuerza. La ciudad tiene mucho que ver con cómo se relacionan entre ellos. Pasa en La Habana: tiene mucha intensidad. Ese encuentro, que es casual, se convierte en algo importante. Esto que parecía que era una situación complicada, termina siendo la posibilidad de conocer a alguien y descubrir a un personaje que lo ayuda a sobreponer la crisis.

–¿Qué tanto tiene que ver Kusturica con el personaje que se muestra?

–Hay muchos mitos sobre él y sobre su personalidad. Fue un gran desafío laburar con él. Fue un orgullo que aceptara esta propuesta loca de ir a La Habana a actuar en un corto con un director más joven. Y había hecho películas como actor, algo había visto y conocía de él en esa faceta. Se parece bastante poco a lo que se ve. Fue muy buena onda y generoso. Sin contar mucho del corto, en el proceso de hacer la película, lo ves desaforado. Pero en realidad estaba tomando agua y comiendo verdura.

–¿Cómo viste la situación política de Cuba?

–Una de las razones por las que acepté el proyecto es que tengo una relación con La Habana. Fui muchas veces, con frecuencia, desde el ’95. Desde la primera vez que fui, cada vez que he ido es un descubrimiento nuevo. Filmar me permitió descubrir lugares que no conocía. En esta oportunidad no hablé tanto con la gente, estaba filmando muchas horas por día. De todos modos, lo que veo es que hay muchos cambios, la gente lo recibe con entusiasmo. Se permiten pequeños negocios o intercambios que permiten no depender tanto de todo el aparato del Estado. Es interesante y difícil a la vez. Hay que ver esto en el contexto del Caribe en general. Ya sabemos todo lo que implica vivir en una isla, que más allá de la situación interna sufre una situación externa nada favorable con el bloqueo. Eso hace que la gente esté todo el tiempo hablando de eso. En los últimos años hay una realidad política muy efervescente y contrastante.

–En varios de los cortos se ve cómo hay situaciones críticas pero también respuestas colectivas.

–Eso es así, por lo menos lo que pude ver cada vez que fui. Es la única manera, trabajar en equipo. Eso se ve mucho en Cuba. En los últimos años está todo muy dividido. Pero con estos últimos cambios hay una reconciliación. Es muy simbólico que la gente pueda entrar y salir con mayor facilidad. Es mucho el contraste, hay gente con una formación increíble y con ganas de hacer cosas. Pero con imposibilidad de hacer trabajos donde necesitás hacer. Eso es frustrante.

–¿En que se parecen la Argentina y Cuba?

–No se parecen. No sólo por lo político sino por lo geográfico. Sí hay una situación de cariño mutua cristalizada en la figura del Che Guevara. Hay un aprecio mutuo.

–¿Qué respuestas tuvo en el barrio donde se filmó Elefante Blanco?

–Lo que me llegó a mí es que estuvieron todos muy contentos. No es un informe sobre su vida cotidiana. Lo que más valoraron es que alguien fuera al barrio a ver; no a juzgar ni sacar conclusiones. Lo que más escuché es el entusiasmo que generó en el barrio la película que cuenta la vida del barrio, con sus contradicciones. Permite ver algo que parece obvio: en el barrio hay gente honesta que labura y que tiene problemas. A veces eso está bueno recordarlo y repetirlo, para balancear la mirada más alejada y prejuiciosa. Generó entusiasmo ver que hay mucha gente que se anima a ver la película.

–¿Busca mostrar lo que habitualmente no se ve?

–La fuerza del cine es eso. Es poder ver mundos que de otro modo no podríamos ver. En muchos casos la manera que se nos presentan las cosas no nos da el tiempo suficiente para verlas. El prisma que da la ficción lo convierte en otra cosa distinta. Al público le ayuda a acercarse. Me alegra que como pasó en Carancho y en Leoneras, ahora con Elefante…, se genere debate. Y hasta que salga una ley, como pasó con Leoneras, donde salió una ley para revisar el tema de la prisión domiciliaria para las mamás que están presas. Eso se define después de cierto estudio ambiental. Hay familias que tienen más recursos en la cárcel que afuera. De las personas que están presas, la mayoría está a la espera del juicio. La ley logró que las mujeres pudieran estar en su casa con el sistema de pulseras. Son cosas puntuales, más claras. Pero también que a Elefante… lo vean 800 mil personas implica que toda esa gente sale reflexionando. Es estimulante ver que se contradiga lo que muchas veces dicen algunos productores que creen que “la gente no quiere ver esas cosas”. Se ve que sí.

–Lo que no cambia más es la policía de la provincia de Buenos Aires que reflejaste en El Bonaerense.

–De cuando yo vivía en La Matanza, en los ’90, a ahora, cambió bastante… Igual, no depende de una película.

–¿Cuáles son tus próximos pasos?

–Acompañar las dos películas. Y estoy preparando otra que va ser al estilo de 7 días… Se llama Six suspects, que va a ser filmada el año que viene en India y que es una producción inglesa. Tiene bastante en común con la experiencia en La Habana. La produce Workin’ Title, la productora de los hermanos Coen, es una productora grande que acompaña el trabajo de los directores. Es una aventura total. Cuando me llamaron me quedé sorprendido por la envergadura del proyecto y todo lo que hay detrás. Y mientras hago eso, preparo una película para hacer acá. Pero eso depende de cuándo filme en India.

–¿Qué te produjo filmar afuera?

–Me resulta interesante ver el proceso inverso: las películas anteriores las hice acá, en Buenos Aires y después viajaba a mostrarlas. Pude asistir a los debates después de cada presentación, y las situaciones que yo mostraba no les resultaban exóticas. Lo que nos parecía que es algo local, de acá, se repite en muchos lados. Claro que con cosas distintas. Pero lo que muestro en Carancho o Leoneras se produce en otros lugares con fenómenos muy similares. Me entusiasmé cuando me llamaron por 7 días… Me planteé hacer un corto en otro lugar, con otro estilo pero que mantenga el carácter de que se pueda traducir en distintos lugares. Con este libro de Six suspects, donde se muestra a seis personajes con seis realidades distintas, me pareció lo mismo. Siento que puedo continuar con lo que vengo haciendo.

Fuente: Revista Veintitrés

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *